Prólogo
Escribo porque ya no puedo hablar contigo.
Porque las palabras, cuando no tienen oído que las reciba, buscan el papel como quien busca una orilla.
Antonio, amor mío, han pasado dos años desde que partiste, y sin embargo sigo colocando tu taza en la mesa cada mañana.
No por costumbre, sino por memoria.
No por negación, sino por amor.
He aprendido que la ausencia tiene peso.
Que el silencio tiene textura.
Que tu nombre, cuando lo pronuncio a solas, sigue abrazándome.
Estas cartas son mi manera de seguir caminando contigo.
Son el puente entre lo que fuimos y lo que aún somos.
Son la prueba de que el amor verdadero no conoce fronteras, ni siquiera la de la muerte.
Si alguien las lee algún día, que sepa:
no hay manual para el duelo.
Pero hay consuelo en saber que no estamos solos en este dolor que nos hace más humanos.
Te sigo amando, Antonio.
Y eso nunca cambiará.
Dolores